El encuentro amoroso desde el punto de vista femenino

Hace unos cuantos años, en una clase de psicología, el profesor hablaba sobre la receptividad biológica que aporta la mujer a la relación sexual. Explicaba como, psicológicamente, esta receptividad estaba ligada a un permitir que el otro avance hacía su interior de forma inevitable, en el caso de que la relación íntima llegara hasta el coito.
Nos explicaba como, al estar constituida la mujer bi0lógicamente como lo está, en el acto sexual y sobre todo en el coito, la mujer debe albergar a un “objeto ajeno a ella”, de la misma forma que sucedería si en cualquiera de los orificios de nuestro cuerpo humano entrará cualquier objeto.
De forma automática, cuando en nuestro cuerpo se aloja algún elemento extraño, nuestra tendencia es a defendernos, véase por ejemplo, una mota de polvo en el ojo. Esa tendencia inconsciente también se produce, de forma involuntaria, en la mujer durante la relación sexual.
En aquel entonces entendí que, para que una mujer pudiera permitir la acogida del otro en el encuentro amoroso, de una forma irremediable, tendría que producirse la consecuente acogida desde el corazón.
Incluso llegué a comprobar que muchas de las mujeres que se suponían capaces de llevar a cabo un encuentro sexual sin implicación emocional, después de experimentarlo, se quedaban, en la mayoría de los casos, con diferentes grados de dependencia emocional de la otra persona, aunque solo fuera esperando una llamada telefónica.
Con el transcurrir del tiempo, he observado que el proceso, cuando es llevado con consciencia, es totalmente al contrario.
Si deseamos un acercamiento íntimo de calidad, sería condición sine qua non, un corazón abierto de antemano. Sin este requisito, el acercamiento solo se produciría a un nivel físico y superficial y, según mi forma de verlo, quedaría después una sensación carente de la verdadera nutrición que nos proporciona el encuentro en toda su profundidad.
Finalmente, me doy cuenta de que cualquier experiencia de vida, necesita ser llevada a cabo desde la consciencia para poder disfrutarla en toda su magnitud. Es imposible experimentar, de forma real, cualquier situación del vivir sin haber sido capaces de antemano, de hacer una parada en nuestra frenética existencia para poner un poco de consciencia.

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