Adiós a la culpabilidad

Continuamente intentamos hacer cambios en nosotros mismos, en  la realidad que experimentamos o en las personas que nos rodean. Vivimos en una perpetua sensación de inadecuación que nos empuja a buscar, de forma compulsiva, la forma de encontrar lo contrario, el bienestar.
Nos juzgamos continuamente por lo que somos o por lo que no somos, por lo que sentimos y, los más afortunados, los que son capaces de observar sus pensamientos, también se juzgan por lo que piensan.
Ese juicio, realmente no nos lleva a ningún sitio. Solo consigue impregnar nuestro vivir de culpabilidad, de angustia, de desesperanza.
Es cierto que es una forma aprendida de vivir, fuimos enseñados a vivir bajo ciertas condiciones que nos hacían merecedores del amor que tanto necesitábamos.
Aprendimos a vivir en el “debería” aunque no me apetezca y lo hemos hecho una forma de vida que nos llena de amargura en muchos casos. Hemos olvidado la esencia de quien realmente somos. No recordamos la libertad con la que nacimos y que nos hacía sentir tan únicos, tan especiales.
Obviamente, es imposible cumplir todos los «deberías» impuestos, entonces, en ese caso, desarrollamos el siguiente auto castigo al que también estamos muy habituados, el sentimiento de culpabilidad. Me siento culpable de ser como soy, de pensar como pienso, de sentir como siento y de no poder hacer, sentir o pensar como debería.
¡Cuánta angustia autoimpuesta!
La realidad es que lo que realmente somos no conoce de “deberías”, ni de juicio, ni de culpabilidad. Lo que realmente somos se aloja en la más absoluta libertad, permitiendo que nuestra vida se desarrolle dentro de la armonía que merecemos. Son nuestras mentes, tan hábilmente manipuladas, las que continuamente se dedican a susurrarnos, todos los despropósitos que se derivan de su forma errónea de interpretar la realidad.
Lo que tú y yo somos de verdad es inocencia, libertad, alegría, y ante todo el observador que todo lo observa, eso si, sin juicio de ningún tipo.
No obstante, no resulta fácil encontrarse con ese observador cuando la vida está llena de prisa, de ruido y de ajetreo. Sin embargo, cuando vamos enlenteciendo nuestro ritmo de vida y nos proporcionamos momentos de silencio, esa parte inocente y amorosa comienza a surgir, tiñéndolo todo de progresiva paz y armonía.
¡Arroja la culpabilidad al cubo de la basura, no sirve para nada!

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