¿Se puede uno morir tranquilo?

La muerte, aun siendo un proceso natural e inevitable de la vida, no es algo de lo que se hable habitualmente y mucho menos algo que se admita y permita cuando llega.

Nuestro sistema médico actual lleva a cabo una lucha encarnizada contra la muerte, llegando a límites, que en muchas ocasiones podrían definirse como torturas, procurando ganarle terreno, al tan temido final.

¡Qué pocas personas se plantean como quieren acercarse a ese momento que se denomina muerte! Y claro, el hecho de no planteárnoslo, suele llevarnos a vivir ese momento desprovistos del poder que nos otorga ser los protagonistas de esa vida y de la consciencia necesaria para hacerlo con un mínimo de paz y tranquilidad.

La medicina se encarga, en muchas ocasiones, de llevar hasta las últimas consecuencias la lucha contra la muerte, aplicando tratamientos, muchos de ellos, verdaderos suplicios, hasta el último instante, dejándose en el camino la dignidad del paciente.

Cuando una persona está muriendo, hay cosas que son  mucho más importantes que conservar sus constantes a cualquier precio o prolongar en pequeña medida sus días de vida. El miedo, en su más amplia variedad, suele visitar al moribundo, así como la necesidad de compartirlo con alguien y de sentirse acompañado. Sin embargo, pocos profesionales de la medicina se sientan con él y le preguntan, por lo menos, cómo se siente en realidad.

Porque como dice el doctor Juan Gérvas, «no todo vale en el combate contra la enfermedad. Sobre todo porque no es un combate, sino un evitar, acompañar y/o paliar. La enfermedad es un proceso personal en un contexto social». Los profesionales deberían entender que existe una ética del ¡basta ya!, y saber hasta donde esta el límite de la medicina.

Quizá, si en algún momento nos parásemos a pensar acerca de nuestra inevitable muerte, podríamos darnos cuenta de lo importante que puede ser llegar a este momento con la conciencia lúcida y elegir si nos puede parecer adecuado morir en casa, cosa ya no de moda, rodeado de nuestros seres queridos, y no en la fría habitación de un hospital llenos de monitores y tubos que probablemente alarguen nuestra agonía unos meses, días u horas, en una medida inversamente proporcional a nuestra dignidad y calidad de esos últimos momentos de vida.

Vivimos en una cultura que niega la muerte, evitando entender que es parte del proceso de la vida.

 

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