¿Quién manda en mi casa?

Mi casa, mi vida, mi cuerpo, mi mundo. ¿Quién es el dueño o dueños de todas estas parcelas que, en teoría, me pertenecen? En el frenético mundo en el que nos movemos es improbable que nos detengamos a preguntárnoslo, dando por hecho que el dueño de  «mi casa» soy yo. Solo haciendo una profunda reflexión acerca de los porqués de mis reacciones y acciones, el piloto automático que funciona sustituyendo a mi propio  vivir, quizá dejaría de funcionar.

¿Has pensando alguna vez de que se trata el vivir? ¿No te has preguntado si vivir es hacer lo mismo una y otra vez, casi sin darte cuenta de lo que haces? ¿Has observado la velocidad y competitividad que domina nuestra sociedad? ¿Cuánto de tu tiempo lo dedicas a no hacer nada, a aburrirte, o quizá a hacer cosas sin sentido? ¿No te encuentras harto de dejar para el día de mañana el disfrute? ¿Cómo sabes que el día de mañana llegará?

¿Aún no te has dado cuenta de que no naciste para vivir la vida que vives?

En lo más hondo de nosotros mismos, sabemos que no hemos nacido para trabajar la cantidad de horas que trabajamos, ni tampoco para pasar la semana deseando que llegue el viernes, perdiéndonos en el camino cada uno de esos días que vivimos. Si somos sinceros, podremos llegar a darnos cuenta de que la vida no tiene nada que ver con vendernos como mano de obra de trabajo.

Durante mis paseos por la naturaleza, contemplo el vivir del resto de las especies y me doy cuenta de que el ser humano es el único que se pierde, de forma habitual, los numerosos placeres de la vida. Observo a los pájaros en su juego de vida, las vacas tumbadas tomando el sol en los prados, los gatos callejeros gozando de sus paseos a ningún sitio, y nosotros, los humanos, los seres «superiores», enzarzados en la lucha por la supervivencia, desarrollando trabajos que no nos gustan, alienados en todos los ámbitos y abducidos por las promesas de un futuro que nunca llegará. Eso si, muy entretenidos, sin prácticamente darnos cuenta,  en escapar de la realidad que se nos presenta a cada instante.

¿Hasta cuando estaremos dormidos? Entiendo que es inevitable una gran revolución, que a muchos niveles ya está sucediendo. No una revolución ruidosa de gente gritando en la calle, me refiero a la revolución silenciosa del corazón, que como una gran corriente va arrastrando a todos aquellos dispuestos a ello y llevándolos a remansos de paz y armonía nunca antes imaginados.

 

 

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