Ser mujer no es una enfermedad

Hace unos días hablaba con mi hija pequeña acerca de la costumbre instalada en nuestra sociedad de llevar a las niñas al ginecólogo cuando empiezan a reglar. También hablamos de la necesidad de las mujeres de acudir al médico cuando comienzan su menopausia, a veces incluso, antes lle llegar a ella.

De esa charla salió la reflexión  acerca del hábito de pensar que el hecho de ser mujer es una enfermedad y no nos hemos dado cuenta. De hecho, toda aquella mujer que no se someta asiduamente a un control médico de sus funciones femeninas, es tachada de inconsciente o temeraria.

Una vez más, nos comportamos como una especie absurda y carente de instinto. Es casi vergonzoso observar la naturalidad con la que las hembras de otras especies llevan a cabo sus funciones reproductivas sin que nadie tenga que enseñarlas ni por lo más remoto, y sin embargo, la hembra humana, carente de la más mínima intuición acerca de como comportarse ante tales menesteres, necesita sentirse respaldada y controlada por el sistema médico, que se encargará de organizar su vida sexual y reproductiva de acuerdo con sus intereses.

Es también muy llamativo, que pasemos por alto también,  la gran desnaturalización del acto de parir que se lleva a cabo hoy en día. Nuestros bebés hacen su entrada a la vida rodeados de exceso de luz, exceso de frío, prisa y una asepsia exagerada; y en muchos casos y de forma, cada  vez más habitual, mediante cesáreas programadas a gusto del consumidor…

Según afirman los doctores Juan Gérvas y Mercedes Perez Fernández en su libro «El encarnizamiento médico con las mujeres» : – Para el sistema patriarcal sanitario, la mujer es una especie de varón con enfermedad que no cuadra bien porque los modelos varoniles son los que imperan en la enfermedad que se aprende. Aseguran también que la habitual revisión ginecológica anual, carece de fundamento  científico en condiciones normales, y que la citología que muchas mujeres también se hacen tampoco tiene sentido.

Si pudiéramos recuperar la conexión que perdimos con nuestro cuerpo, podríamos, de nuevo, disfrutar del placer de ser mujeres y de llevar a cabo nuestra vida  sexual y reproductiva en plenitud y con naturalidad, libres de miedos e intervenciones externas que se apoderen del poder que, de forma natural, nos da el hecho de estar vivas.

¿Por qué habría de intervenir la medicina en un proceso natural, que en la mayoría de los casos se desarrolla dentro de la normalidad? Es obvio que en nuestro profundo sueño,  hemos olvidado que nuestro cuerpo es uno con la vida que lo habita y que  su sabiduría va mucho más allá de lo que la mente pueda suponer.

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