¿Dónde fueron los ancianos de siempre?

Una tarde cualquiera, en el salón de una residencia de ancianos, es un lugar idóneo para reflexionar, una vez más , acerca del momento en el que vivimos.

De las aproximadamente 150 personas que se encuentran apiñadas delante de un televisor, donde varias personas se gritan continuamente, solamente tres o cuatro son capaces de caminar, el resto se dejan llevar en silla de ruedas.

Muchas de ellas tienen deseo de ir al servicio pero tienen que esperar largas colas para que un auxiliar pueda atenderles, eso siempre que puedan llegar por si mismas hasta la cola. Allí la necesidad de ir rápido al baño no es contemplada, es mucho más «práctico» el uso de pañales y la consecuente pérdida de dignidad cuando te das cuenta de que te lo has hecho encima…

De todas esas personas, no creo que se pudieran contar con los dedos de una mano las que aún conservan una mínima salud mental. Se escuchan por toda la sala discursos sin sentido, repetitivos, lamentos incongruentes… Las miradas están perdidas mucho más allá del lugar donde nos encontramos. Se puede sentir el abandono de sus vidas en manos de lo que ya les ha superado hace mucho tiempo.

Son pocas las familias que pueden mantener una conversación mínimamente coherente con sus familiares; ellos ya no tienen vida para contar y la vida de afuera les ha dejado de interesar, en la mayoría de los casos.

¿Dónde se encuentran los ancianos que yo recuerdo? ¿Ya no existen ancianos que aún estén vivos y no muertos en vida? ¿Ya no queda ningún anciano que se sienta orgulloso de contar sus batallitas de forma mínimamente congruente?¿Ya no hay ancianos con cuerpos que funcionen sin muchísimas medicinas?

Cuando yo era una niña, las personas iban cumpliendo años y ganando en sabiduría, carácter, resistencia y, en muchas ocasiones, dulzura y tranquilidad. Eran pozos de conocimiento de los que se podía aprender y disfrutar. La convivencia con ellos era, casi siempre, enriquecedora y sus vidas solían tener un anclaje en su mundo individual que los hacía no desear que la muerte llegara demasiado pronto.

Sin embargo, los ancianos de ahora, parece que ya se hubieran marchado aun estando aquí  todavía. Han cedido su poder, sus ilusiones, sus vivencias a personas sin rostro que viven tras la enfermedades que les limitan su día a día. Han sido acostumbrados a tomar una pastilla que alivie cualquiera de los síntomas “indeseados” que proporciona el vivir y de esa forma se han ido sumergiendo en una densa nube de efectos secundarios, que les hacen salir por completo de la realidad y de su vida activa, para pasar a ser consumidores, una vez más, de instituciones con ánimo de lucro que, en muchas ocasiones, no ofrecen las condiciones mínimas para una buena vida.

Me entristece profundamente mirar a todas esas personas que esperan, sin saberlo, que todo esto se acabe porque ya no se acuerdan ni de quien son…

Vemos como normal, algo que no lo es, solamente porque sea habitual. Estamos perdiendo  a nuestros mayores y, probablemente, perdiéndonos también a nosotros mismos y, como dice Juan Manuel Serrat, la forma en que tratamos a nuestros viejos es una demostración palpable de la estupidez de esta sociedad.

 

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