Nueva asignatura: La Muerte

Nuestro sistema «educativo» ofrece, cada vez más, opciones alternativas a las habituales, que intentan dar una formación a nuestros niños en temas tan importantes como la solidaridad, la empatía, el compañerismo o la educación sexual.

Son numerosas las iniciativas que se brindan a los niños y docentes para que este tipo de aprendizajes se lleven a cabo en las escuelas.

Consideramos de suma importancia el hecho de que, desde el principio, nuestros niños estén bien informados acerca de las distintas cuestiones que tienen que ver con la vida que irán desarrollando y compartiendo con otros seres humanos.

Sin embargo, aún no he escuchado que en ningún colegio, instituto o libro de texto, se deje un pequeño hueco para hablar de algo, tan absolutamente inevitable en la vida de todos los seres humanos, como es la muerte.

Nuestros niños crecen huyendo de este tema como si fuera algo que cuando no se menciona no sucede  y que solo ocurre a otros. Omitimos continuamente todo lo que tenga que ver con el proceso o el momento de morir y no nos damos cuenta de la gran laguna que estamos creando en la vida de nuestros pequeños.

Nuestros niños y, por supuesto, nosotros mismos, somos unos completos ignorantes en este tema. No tenemos ni la más mínima idea de como se desarrolla el proceso de morir, o de como las personas pueden sentirse cuando este momento se acerca y ni siquiera, por supuesto, de como se puede morir dignamente.

¿Cómo hemos podido olvidarnos de algo tan básico y primordial? Quizá no haya sido un olvido sino un plan bien estructurado en el que al eludir la muerte se consigue que obviemos la vida. Una ocultación, que creemos, nos acercará al espejismo de la inmortalidad como seres humanos.

El no pensar en la muerte nos convierte en inválidos para vivir la vida en toda su magnitud. Por mucho que, inevitablemente, alberguemos esa minusvalía en nuestro interior, hacemos lo posible por ignorarlo embriagándonos de ceguera hasta caer rendidos. Procuramos encontrar placeres secundarios al vivir, que jamás nos satisfacen por mucho que lo intentemos.

Y desde esa ignorancia, nos embarcamos en la  mera superviviencia prescindiendo una y otra vez de la alegría que da el simple vivir sin perder de vista el hecho de, un día, morir.

Quizá algún día en las escuelas se hable de la muerte de la misma forma en que, por fin, se habla sobre sexualidad, reproducción y todas esas cosas que antes nos daban tanto pudor.

Mientras tanto, procuraremos tener presente que, cada día, cada hora, cada instante, es un regalo y que una vez que eso tiene sentido en la vida, ya no hay nada exterior que nos pueda otorgar la felicidad que tal regalo concede.

 

 

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