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El mayor veneno es la ignorancia

 

Es habitual creer que somos una sociedad libre, lo que pocas veces nos preguntamos es qué significa ser libre. La libertad, según yo la entiendo, no viene de poder hacer lo que uno quiera, sabiendo no obstante, que la mayoría de los humanos ni siquiera sabemos qué es lo que queremos. La libertad es vivir la vida con una total ausencia de miedo, desde ahí sí que es posible experimentar la verdadera libertad.

Si continuamos viviendo a la gran velocidad a la que nos empujado a vivir, es imposible que podamos darnos cuenta de la esclavitud a la que estamos sometidos. Sería necesario un frenazo en seco para poder darnos cuenta, y la vida, en su despliegue de generosidad suele regalarnos maravillosos parones de ese tipo.

Cuando paramos y empezamos a preguntarnos acerca de nosotros mismos y de nuestra vida, si somos realmente sinceros, nos daremos cuenta de que nuestro vivir está plagado de reacciones automáticas basadas en librarnos del miedo que sentimos acerca de multitud de cosas y situaciones.

Tenemos miedo a la muerte en primer lugar, a la propia y a la de los seres queridos, a la ruina económica, a perder nuestro estatus y nuestras relaciones, a enfermar, y a otro montón de cosas derivadas de estas mismas.Y es debido a estos miedos, por lo que desarrollamos una experiencia de vida basada en la defensa,fundada en definitiva, en el miedo a la vida.

No es casualidad que la mayoría de las personas vivan bajo el influjo de estos terrores. Es bien conocido que, gracias a los medios de comunicación y nuestra falta de cuestionamiento, estamos siendo manipulados cual rebaño de dóciles ovejas. Tal y como nos apunta Felipe Aranguren, uno de los intelectuales más comprometidos de nuestro tiempo, se hace necesario un poco más de criterio basado en información independiente.

No obstante, siempre he entendido que la verdadera revolución viene desde el interior de cada miembro de la sociedad, no desde fuera, por supuesto siempre basada en la toma de decisiones a partir de una información real, no sesgada. Afortunadamente, en la actualidad están apareciendo muchas voces poniendo a disposición de todos lo que hasta ahora estaba oculto.

Aquí os dejo un vídeo de recuerda.tv en el que podréis encontrar información muy interesante y alternativa a la que ofrecen los medios habituales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De las formas de morir.

Según criterios, creencias y demás añejas certidumbres, no es lo mismo, cuando hablamos de marcharnos de este mundo, hacerlo de una forma que hacerlo de otra.

Cuando escuchamos que alguien ha pasado a mejor vida, nos preocupamos mucho acerca del «modo». No es lo mismo dejar el cuerpo en «modo» accidente, que en «modo» enfermedad y, mucho menos, en «modo» suicidio.

Para cada uno de estos estilos de dejar el cuerpo tenemos bien instalados nuestros juicios y comentarios al respecto. Digamos que, quizá la forma menos aceptada como «buena» es la que utilizan aquellas personas que por decisión propia se quitan la vida.

En general, para la mayoría de las familias el hecho de tener un suicidio en su haber es causa de una buena cantidad de vergüenza y la tendencia habitual es a la ocultación. De hecho, en algunas familias, ni siquiera entre ellos se puede hablar del tema. Es un tabú que podría parecer que por menos hablarlo menos real fuera.

No obstante, cuando reflexionas un poco te das cuenta de que el suicidio lo están ejecutando muchas más personas de las que luego llegarían a llamarse suicidas. Si el hecho de hacer algo para quitarse la vida se denomina suicidio, ¿no estaríamos hablando de ello cada vez que una persona intoxica su cuerpo con tabaco, alcohol, o cualquier tipo de sustancias que van en contra de la vida y la salud? ¿No se está suicidando el que durante muchos años lleva un estilo de vida que le perjudica a gran escala?

Pues no, parece que un fumador que muere debido a su hábito de fumar nunca será llamado suicida, solo diremos que le mató una enfermedad. Tampoco se considera un suicida a aquel que conduce su coche totalmente ebrio y se estrella porque aquello fue un accidente…

En definitiva, si dejamos las etiquetas a un lado, la muerte, en cualquiera de sus formatos, no deja de ser una puerta que se abre y el hecho de abrirla de una u otra manera, nada tiene que ver con lo que fuimos, dejamos de ser o seremos.

 

 

 

Nueva asignatura: La Muerte

Nuestro sistema «educativo» ofrece, cada vez más, opciones alternativas a las habituales, que intentan dar una formación a nuestros niños en temas tan importantes como la solidaridad, la empatía, el compañerismo o la educación sexual.

Son numerosas las iniciativas que se brindan a los niños y docentes para que este tipo de aprendizajes se lleven a cabo en las escuelas.

Consideramos de suma importancia el hecho de que, desde el principio, nuestros niños estén bien informados acerca de las distintas cuestiones que tienen que ver con la vida que irán desarrollando y compartiendo con otros seres humanos.

Sin embargo, aún no he escuchado que en ningún colegio, instituto o libro de texto, se deje un pequeño hueco para hablar de algo, tan absolutamente inevitable en la vida de todos los seres humanos, como es la muerte.

Nuestros niños crecen huyendo de este tema como si fuera algo que cuando no se menciona no sucede  y que solo ocurre a otros. Omitimos continuamente todo lo que tenga que ver con el proceso o el momento de morir y no nos damos cuenta de la gran laguna que estamos creando en la vida de nuestros pequeños.

Nuestros niños y, por supuesto, nosotros mismos, somos unos completos ignorantes en este tema. No tenemos ni la más mínima idea de como se desarrolla el proceso de morir, o de como las personas pueden sentirse cuando este momento se acerca y ni siquiera, por supuesto, de como se puede morir dignamente.

¿Cómo hemos podido olvidarnos de algo tan básico y primordial? Quizá no haya sido un olvido sino un plan bien estructurado en el que al eludir la muerte se consigue que obviemos la vida. Una ocultación, que creemos, nos acercará al espejismo de la inmortalidad como seres humanos.

El no pensar en la muerte nos convierte en inválidos para vivir la vida en toda su magnitud. Por mucho que, inevitablemente, alberguemos esa minusvalía en nuestro interior, hacemos lo posible por ignorarlo embriagándonos de ceguera hasta caer rendidos. Procuramos encontrar placeres secundarios al vivir, que jamás nos satisfacen por mucho que lo intentemos.

Y desde esa ignorancia, nos embarcamos en la  mera superviviencia prescindiendo una y otra vez de la alegría que da el simple vivir sin perder de vista el hecho de, un día, morir.

Quizá algún día en las escuelas se hable de la muerte de la misma forma en que, por fin, se habla sobre sexualidad, reproducción y todas esas cosas que antes nos daban tanto pudor.

Mientras tanto, procuraremos tener presente que, cada día, cada hora, cada instante, es un regalo y que una vez que eso tiene sentido en la vida, ya no hay nada exterior que nos pueda otorgar la felicidad que tal regalo concede.

 

 

¿Dónde fueron los ancianos de siempre?

Una tarde cualquiera, en el salón de una residencia de ancianos, es un lugar idóneo para reflexionar, una vez más , acerca del momento en el que vivimos.

De las aproximadamente 150 personas que se encuentran apiñadas delante de un televisor, donde varias personas se gritan continuamente, solamente tres o cuatro son capaces de caminar, el resto se dejan llevar en silla de ruedas.

Muchas de ellas tienen deseo de ir al servicio pero tienen que esperar largas colas para que un auxiliar pueda atenderles, eso siempre que puedan llegar por si mismas hasta la cola. Allí la necesidad de ir rápido al baño no es contemplada, es mucho más «práctico» el uso de pañales y la consecuente pérdida de dignidad cuando te das cuenta de que te lo has hecho encima…

De todas esas personas, no creo que se pudieran contar con los dedos de una mano las que aún conservan una mínima salud mental. Se escuchan por toda la sala discursos sin sentido, repetitivos, lamentos incongruentes… Las miradas están perdidas mucho más allá del lugar donde nos encontramos. Se puede sentir el abandono de sus vidas en manos de lo que ya les ha superado hace mucho tiempo.

Son pocas las familias que pueden mantener una conversación mínimamente coherente con sus familiares; ellos ya no tienen vida para contar y la vida de afuera les ha dejado de interesar, en la mayoría de los casos.

¿Dónde se encuentran los ancianos que yo recuerdo? ¿Ya no existen ancianos que aún estén vivos y no muertos en vida? ¿Ya no queda ningún anciano que se sienta orgulloso de contar sus batallitas de forma mínimamente congruente?¿Ya no hay ancianos con cuerpos que funcionen sin muchísimas medicinas?

Cuando yo era una niña, las personas iban cumpliendo años y ganando en sabiduría, carácter, resistencia y, en muchas ocasiones, dulzura y tranquilidad. Eran pozos de conocimiento de los que se podía aprender y disfrutar. La convivencia con ellos era, casi siempre, enriquecedora y sus vidas solían tener un anclaje en su mundo individual que los hacía no desear que la muerte llegara demasiado pronto.

Sin embargo, los ancianos de ahora, parece que ya se hubieran marchado aun estando aquí  todavía. Han cedido su poder, sus ilusiones, sus vivencias a personas sin rostro que viven tras la enfermedades que les limitan su día a día. Han sido acostumbrados a tomar una pastilla que alivie cualquiera de los síntomas “indeseados” que proporciona el vivir y de esa forma se han ido sumergiendo en una densa nube de efectos secundarios, que les hacen salir por completo de la realidad y de su vida activa, para pasar a ser consumidores, una vez más, de instituciones con ánimo de lucro que, en muchas ocasiones, no ofrecen las condiciones mínimas para una buena vida.

Me entristece profundamente mirar a todas esas personas que esperan, sin saberlo, que todo esto se acabe porque ya no se acuerdan ni de quien son…

Vemos como normal, algo que no lo es, solamente porque sea habitual. Estamos perdiendo  a nuestros mayores y, probablemente, perdiéndonos también a nosotros mismos y, como dice Juan Manuel Serrat, la forma en que tratamos a nuestros viejos es una demostración palpable de la estupidez de esta sociedad.

 

Los ritmos del vivir

Cada vez lo días son más cortos, las horas de luz siguen disminuyendo y a veces tengo la sensación de que el sol juega a esconderse antes de tiempo.

La naturaleza se va quedando dormida aprovechando las largas horas de oscuridad. Todo conspira hacía una interiorización que después de unos cuantos meses nos traerá los ansiados brotes primaverales.

Esta oscuridad reinante invita a toda criatura viviente a ralentizar las actividades y a prepararse para comenzar el nuevo ciclo de la vida.

Sin embargo, en una sociedad acostumbrada a la velocidad y al exceso de estímulos, en muchas ocasiones, se puede confundir la irrefrenable y apremiante sensación que experimentamos de ir hacia dentro, con una disfunción anímica que denominamos depresión.

Si tuviéramos el tiempo necesario para que este proceso tan natural se llevara a cabo de forma espontanea, pienso, que pocas personas irían mucho más allá de cierta dulzona melancolía que los apartaría durante una temporada del mundanal ajetreo.

Si fuéramos capaces de respetar los ritmos de la naturaleza y, por supuesto, de nuestros cuerpos que están íntimamente relacionados con los ciclos de la tierra, muchas de las enfermedades provocadas por forzar lo que debería no ser forzado, no existirían.

El vivir, no es un continuo hacer, también se desarrolla en la calma y en la aparente inactividad que encierran la semilla de una nueva etapa. Sin embargo, pocas veces escuchamos que es lo que nos pide cada momento de nuestras vidas. De hecho, ni siquiera sabemos diferenciarlos, o probablemente ni intuyamos que tal diferencia existe…

Nos empeñamos en vivir alienados en la linealidad, procurando mantenerla por mucho que nos cueste, cuando ese no es el camino. En definitiva, vivimos de espaldas a nosotros mismos. Olvidamos escucharnos, olvidamos respetarnos…

No existen enfermedades mentales

El pasado fin de semana tuve el placer de asistir a un congreso en Sevilla en el que uno de sus ponentes era del Dr. Javier Álvarez. Este profesional de la salud mental, una vez más, ha puesto sobre la mesa el hecho de que, en nuestro actual sistema, el poder de cada ser humano tiende a ser sofocado, cada vez más, por medio del miedo y de la desinformación.

Gracias a su trabajo, es posible entender que muchas de las llamadas enfermedades psiquiátricas no son tales sino hipótesis acerca de ellas. Por ejemplo, nos explicó que no hay ni un solo marcador que permita decir que hay una esquizofrenia en una persona; la psiquiatría solo sabe lo que el Dr. Kraepelin teorizó acerca de ella a finales del siglo XIX, es decir, se trataría solo de un constructo teórico sin base científica.

Según el Dr. Álvarez, no cabe la distinción entre enfermos mentales y personas sanas ya que todos, en algún momento, vivimos desequilibrios mentales, en mayor o menor grado, sin que por ello sea necesario un diagnóstico que nos lleve a la necesidad de una medicación de por vida. Por ejemplo, cualquier persona que pase 4 o 5 días sin dormir hace una psicosis aunque esté «sano».

Cuando un profesional de la salud es capaz de entender que cada persona es un mundo y se desarrolla y vive a su propio ritmo, no estamos acercando al respeto por la vida y por la persona y a la verdadera humanidad que debería de distinguirnos como especie.

Gracias a esa humanidad y a un profundo estudio, el Dr. Álvarez ha podido entender que no hay enfermedades mentales sino problemas personales, de los que la persona puede salir enriquecida siempre que no se la condene de por vida a una medicación que suprima las señales que produce su cerebro.

La gran propuesta del Dr. Álvarez es una desmedicalización progresiva de personas diagnosticadas de enfermedades mentales y que tienen tratamientos que las acompañarán toda su vida, procurando, siempre que sea posible, recuperar la calidad de vida a todos los niveles. También  pone atención en la cautela necesaria a la hora de hacer un diagnóstico  que en ocasiones se convierten en losas que impiden el camino hacía la recuperación y la integración social. Propone así mismo, el recurrir solamente a tratamientos cuando el sujeto pide ayuda de forma voluntaria o cuando haya consecuencias sociales, evitando la supuesta obligatoriedad de la medicación.

La  nuevapsiquiatría  apoya todo tipo de terapia que promueva el desarrollo integral de la persona  y que lo contemple como un  todo indivisible. También promueve un estilo de vida equilibrado con alimentación sana y ejercicio físico, así como la meditación y otras técnicas que nos pongan en contacto con nuestra parte espiritual.

Aquí os dejo una muestra de su magnifico trabajo

 

Obligados a tener sed

Hoy en día, el hecho de ir con la botella de agua en la mano a todas partes, se ve como algo habitual, deseable y saludable. Nos hemos convertido en la llamada generación del biberón, y no es de extrañar.

Empezó la cosa porque, una vez más, se nos hizo creer que con los mecanismos reguladores que vienen con nosotros «de fábrica» cuando llegamos al mundo, no teníamos suficiente. Entonces fuimos convencidos de que, en  contra de la necesidad de beber que pudiéramos tener, debíamos de ingerir una cantidad determinada de agua cada día, tuviéramos ganas o no…

A los deportistas se les convenció también de que el tipo de bebida más adecuada para ellos eran aquellas creadas a base de azúcares y otros componentes por las compañías con grandes intereses económicos (260.000.000  libras/año de beneficio en Inglaterra y 1.600.000.000 $ en Estados Unidos), aconsejándoles beber cada 15 minutos para evitar la hiponatremia que se pensaba que terminaba con la vida de algunos maratonianos. Esta recomendación, por supuesto, fue hecha desde la influencia de personas relacionadas económicamente con estas compañías.

No obstante, gracias a las largas e intensas investigaciones del conocido científico Tim Noakes, se ha podido comprobar que dichas muertes no tenían que ver con la deshidratación sino todo lo contrario, con un exceso de hidratación provocado por la ingesta excesiva de líquidos en los deportistas.

De forma simultanea a las empresas que fabrican estas bebidas para deportistas, las empresas dedicadas a vender agua embotellada  están en constante competición y para eso han creado un instituto de rehidratación «natural», desde donde tampoco ponen en cuestión la recomendación de beber más allá de nuestras necesidades percibidas..

En definitiva, son empresas aliadas que tratan de conseguir que las personas pierdan sus criterios naturales y dependan de fuentes externas para regular sus necesidades básicas…Una vez más, un intento de que otorguemos nuestro poder a fuentes externas que obtienen así el control de nuestro vivir en casi todos los ámbitos.

Como dice Teresa Forcades, que te tengan que decir cuando tienes que beber es una forma de esclavitud. Aquí os dejo una de sus muchas magníficas intervenciones

 

 

Me olvidaré de los porqués

Tras la incansable búsqueda de respuestas que ha caracterizado mi vida, me doy cuenta de que todos los porqués que se pregunta mi incansable razón, son solamente producto de una mente que ignora que cualquier respuesta verdadera sería incomprensible para ella. Es una mente que no sabe que pertenece al todo y que todo lo conoce.

Después de experimentar una trayectoria marcada por la investigación a muchos niveles, llego a este momento en el que me doy cuenta de que esa búsqueda solo era una ilusión de quien se cree que no sabe nada aún sabiéndolo todo.

Voy más allá, cuando soy capaz de entender que yo soy Todo, se produce una retirada de mi yo con minúscula y entiendo que mi misión no es entender, sino vivir. El entender es un juego de la mente que nunca terminará porque siempre querrá seguir escalando las cimas de los saberes. Es otra forma de mantenernos entretenidos mientras la vida se desarrolla esplendorosamente dentro y fuera y nosotros, casi sin enterarnos.

Así mismo, me doy cuenta de que en el momento en que vivimos, la información a todos los niveles nos invade de forma aplastante. Para mentes incansables como la mía se produce una verdadera adicción al conocimiento, que a muchos niveles produce un desgaste enorme, sobre todo cuando la información aparece tantas veces sesgada y tergiversada, y después tienes que dedicarte a ver que parte te quedas y que parte no…

Observo que de forma, una vez más, muy hábil, se lanzan programas de información a la población para que, de alguna forma, sienta que tiene el conocimiento y que está eligiendo, cuando la realidad es que la elección hoy en día, pocas veces existe, ya que en los medios de comunicación de masas solo se nos informa de lo que se quiere que sepamos, nada más.

Nos bombardean una y otra vez con todo tipo de «deberías» incrustados en grandilocuentes teorías científicas y no científicas que nos empujen en la dirección que el sistema pretende.

Es por eso que, de una forma pausada, siento la necesidad de ir abandonando las preguntas y acogiendo las certezas que se alojan en mi sentir. Las preguntas siempre son de la mente pero las certezas son el hilo que une nuestro camino con el alma que nos anima.

Una vida sin porqués es una vida vivida desde el alma y por tanto, vivida de verdad.

 

 

Y quise ser ya siendo…

Afanada he andado todos estos años en el intento de conseguir llegar a ser. Por ser imprescindible tal anhelo para poder hacerte un hueco en nuestra sociedad, he desoído de forma continua aquello que mi corazón gritaba.

Me he sentido protegida, en gran medida, gracias a mi aprendida rebeldía. Esa parte indomable me hacía creer que yendo en contra de lo que se me imponía me acercaba, aunque solo fuera de forma ilusoria, a lo que yo deseaba.

Me he complacido en pelearme con todo lo establecido, deseando sin embargo, llegar a ser todo aquello que desde muy niña se me inculcó como adecuado. He deseado secretamente ser todo lo que mis padres deseaban que fuera, por mucho que al mismo tiempo me alejara de ello como si quemara.

Han sido años de angustia, en muchas ocasiones, buscando mi sitio y a la vez procurando ser aceptada porque me resultaba imposible respetar las normas impuestas. La lucha llegó a extenuarme, no tanto por el gran desgaste que supone, sino más bien por el miedo a no ser capaz, que eso si que agota…

Es ahora, después de unos cuantos años en barbecho que empiezo a darme cuenta de lo absurdo de la lucha, de lo descabellado del querer ser aceptada  por todo el mundo, y sobre todo, me doy cuenta de lo disparatada que resulta la lucha por llegar a ser alguien sin haberte dado cuenta de que ya lo eres. Es como si una vez vestido pretendiéramos vestirnos de nuevo encima.

Ya somos, siempre fuimos y siempre seremos. Somos Hijos de la Vida solo por el hecho de encarnar en un cuerpo físico. Nos han vuelto a engañar: no hay nada a lo que aspirar, nada que conseguir, nada que llegar a ser. La lucha está en el futuro, la paz en el momento presente, y en el aquí y ahora eternamente somos.

Somos profundamente amados por la vida solo por el hecho de existir, no es necesario alcanzar nada para «llegar a ser». No hay que  llegar a nada porque ya hemos llegado. Aterrizamos hace mucho tiempo y sin embargo nos creemos aún en vuelo.

Somos viajeros en busca de un destino que no está en un punto más allá de donde estamos, sino en el inicio del viaje hacia nuestro interior.

¿Puedes escuchar a la vida susurrando a tu oído que el despertar es solo un sueño? ¿Te das cuenta, por fin, que siempre estuviste despierto aunque con los ojos cerrados…?

Hamer también en animales.

Desde que, hace muchos años, comencé a estudiar la visión de la enfermedad del Dr. Hamer, no he cesado de investigar y de tratar de contrastar las distintas dolencias humanas con la teoría de Hamer, obteniendo siempre muy satisfactorios resultados.

Aplicar esta forma de entender la enfermedad ha traído a mi vida y a la de los que me rodean una gran comprensión acerca de la forma en la que la naturaleza actúa, siempre naturalmente, procurando el mayor bien de los organismos.

Por supuesto, siempre entendí que esta visión de la enfermedad también era aplicable a los animales y, naturalmente, a nuestras queridas mascotas. Sin embargo, hasta ahora no había encontrado ningún experto que lo practicará en su clínica.

Gracias a la gran labor de Alish, de timefortruth, ha llegado hasta mi el vídeo que más abajo incluyo, en el que presenta a la veterinaria Cristina Fenoy Cassinello.

Esta veterinaria, además de ver la enfermedad como un conflicto en la vida del animal y su posterior solución, utiliza de forma habitual la homeopatía y el agua de mar para tratar a los animales

Tal y como ella explica, a los homeópatas no les valen los síntomas físicos, necesitan saber los sentimientos más profundos que mueven a personas y animales, aunque en estos últimos sea bastante más difícil encontrarlos.No obstante, con una gran dosis de paciencia, intuición y observación se suele llegar a tomar conciencia del conflicto que provocó el desencadenamiento de la enfermedad.

Cristina Fenoy respeta por encima de todo la libertad de los animales, así como su parte salvaje, entendiendo que al vivir a nuestro lado, nos ceden una parte de si mismos que, en algunas ocasiones puede hacerles enfermar.

La convivencia con un animal doméstico va mucho más allá de los cuidados habituales que les damos a nuestras mascotas. Como seres con una mayor conciencia deberíamos poner sus necesidades instintivas por encima de nuestros apegos emocionales, ya que cualquier animal que viva con nosotros pondrá a prueba nuestra capacidad de amar incondicionalmente.

Aquí os dejo otra forma, muy diferente, de entender los cuidados y la vida en común con nuestras mascotas.

 

 

 

Ver o no ver…

Veo, siempre vi, y probablemente siempre veré… ¿Qué veo? Veo un mundo hecho a la medida de mis ojos e imagino que es el único. Doy por sentado que el hecho de ver la realidad en la que vivo es algo consustancial al hecho de estar viva y pocas veces me he parado a imaginar lo que podría ser un mundo sin visión.

El sentido de la vista es primordial en nuestra sociedad actual tan acostumbrada al juicio basado en la imagen personal. Paradójicamente, gracias a esta primacía  de la vista vivimos inmersos en una ceguera de lo real, de lo genuino, de lo que perdura. Gracias a los juicios que hacemos a través de lo que vemos, apartamos, una y otra vez, todo aquello que se esconde detrás de esa fachada que nuestros ojos catalogan en función de nuestras creencias, nuestros prejuicios y nuestros gustos.

No puedo ni siquiera imaginar como es el mundo de una persona que nació no viendo. ¿Cómo será su mundo imaginario? ¿Cómo será la realidad que cree que existe? ¿Qué idea tiene de la palabra color? Se me antoja un mundo lleno de sensaciones  con las que yo jamás podré ni siquiera soñar.

Será un mundo de exquisitos olores y sonidos que yo no percibo, en gran medida, gracias a mis ojos. También, probablemente, será un mundo en el que el sentir de la piel sea tan intenso que a veces duela y en el que los juicios acerca de lo visible no son ni sospechados.

Tras esta reflexión me doy cuenta de que probablemente, aquellos que creemos ver, quizá también seamos los ciegos de otros mundos y de otras realidades que por no ser vistas, no significa que no existan. Somos ciegos a todo aquello que no sea filtrado por nuestro dominante hemisferio izquierdo y nos negamos a creer que otra interpretación de la realidad sea posible.

¿Llegará quizás el día en que sin ver podamos creer que todo aquello que se sale de la razón  o de la norma también existe? ¿Llegará también el día en el que aunque no podamos ver la inmensidad de lo creado entendamos que con las perspectiva suficiente entenderíamos que todo es como debe de ser?

No hay mayor ciego, desde luego, que el que no quiere ver…