Silencio, se rueda

 

Cuando comenzamos el rodaje de nuestra película personal en esta dimensión denominada materia, lo hacemos en el  más absoluto silencio y, por supuesto, venimos del silencio y de la quietud. En el útero que nos albergó durante esos meses en los que nuestro cuerpo físico se formaba, reinaba un maravilloso silencio y equilibrio.

En ese gran silencio todo era perfección e inocencia, el juicio era imposible ya que carecíamos de las herramientas que más tarde nos son entregadas para poder comenzar la andadura en  la dualidad. Esas herramientas, consideradas, quizá exageradamente imprescindibles, son el lenguaje y su uso continuo como la base de la comunicación entre los seres humanos.

Durante nuestros primeros meses, nuestro escenario es rico en cuanto a sensaciones y pobre en cuanto a criterios y opiniones que, poco a poco, van ganando espacio según el lenguaje va entrando en nuestro vivir.

Con el paso de los años aprendemos el arte de la oratoria y con ella comienza el incansable parloteo de nuestra mente y el dominio de nuestro hiperactivo hemisferio izquierdo. Es así como, de forma progresiva vamos creando la historia de nuestro pequeño yo y perdemos el acceso a nuestra esencia que, aunque olvidada, es absolutamente imprescindible.

Llenamos cada uno de nuestros momentos de ruido a cualquier precio. Cuando no estamos escuchando de forma repetida las continuas noticias de los medios, basadas en el conflicto y el miedo, procuramos llenar nuestro silencio con música, coloquios o, en el peor de los casos, enfrentamientos de la tele-basura.

Las pocas ocasiones en que el ruido externo desaparece, aparece nuestra mente bombardeando nuestro sosiego con pensamientos y juicios que, a veces propios, a veces prestados, consiguen que le sigamos el juego enredándonos en una maraña de juicios e historias mentales, en las que ni siquiera somos conscientes de estar enredados. A veces nos llevamos incluso este absurdo  parloteo al único sitio donde podríamos descansar de él, a nuestra cama. Nos quedamos dormidos con la mente activada consiguiendo así, que nuestros sueños también estén contaminados con ruido, preocupaciones y juicios.

Pocas son las personas que se procuran momentos de silencio como si de un acto higiénico se tratara, cuando el silencio es tan necesario como el aseo personal de cada día.

Es una prioridad para una vida saludable,  darse cuenta de la necesidad del silencio y después tener la intención de conseguirlo aunque, al principio, solo sea durante breves momentos.

Algunas personas ejercen el arte de la meditación como práctica silenciosa, sin embargo otras, entre las que me incluyo, preferimos una buena caminata por la naturaleza observando el ir y venir de nuestra mente hasta convertirnos en el observador que observa en silencio, para que  poco a poco se instale la paz deseada.

Sería importante tener en cuenta que todo lo que expresamos externamente se germina en el interior de nuestro ser, por lo que debemos entender la importancia de hacer un sitio de honor al silencio en nuestra vida y poder ver así, qué es lo que se encuentra en nuestro interior.

Una de las personas que, en la actualidad, más ha aportado sobre el tema del silencio es el sacerdote Pablo d’Ors (Madrid, 1963). En su libro ‘Biografía del silencio‘ (Biblioteca de ensayo, editorial Siruela) -50.000 copias-  nos descubre lo que para él es esta práctica: «Sentarse en silencio y observar lo que sucede dentro para obtener un espejo de la vida y un modo de mejorarla».

Es capellán en el Ramón y Cajal, donde acompaña y asiste a los moribundos y según sus palabras – El silencio y la contemplación, bien entendidos y vividos, jamás son posturas conservadoras, sino la única cepa posible para que una acción sea auténticamente transformadora y no puro activismo o frenesí-

Aquí os dejo una entrevista muy interesante: «El dulce camino del silencio interior»

[embe]

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